Recital en la Sala de Cámara “Bulgaria” (Sofía) – 7 de octubre de 2017, 19:00 h

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El sábado, 7 de octubre de 2017, a las 19:00 h, daré un recital en la Sala de Cámara “Bulgaria” en Sofía. El Auditorio Bulgaria es la sede de la Orquesta Filarmónica de Sofía y la principal sala de conciertos de la capital búlgara. El programa presentará cinco obras del repertorio moderno (o, podría decirse, cuatro obras capitales y una “intrusa”) conectadas por el hilo invisible de la magia, el misterio y el misticismo: una obra maestra del suspense expresionista, los acordes espectrales de la mandrágora mágica de Murail, la más pura ceremonia musical de Scriabin, un coloso olvidado devuelto a la vida, y una narración de Edgar A. Poe convertida en chacona dodecafónica…

PROGRAMA

SCHOENBERG – 3 piezas para piano, op.11
SÁNCHEZ-AGUILERA – “Morella” (de “Tales of the Grotesque”)
SCRIABIN – Sonata nº 7, op.64
MURAIL – La Mandragore
SABANEEV – Sonata “a la memoria de Scriabin”, op.15

Las Tres piezas para piano, op.11, ocupan un punto de inflexión en la producción de Schoenberg – y en la historia de la música – como una de las obras pioneras que marcan la transición definitiva hacia el idioma atonal. Compuestas en 1909, constituyen la primera composición publicada por Schoenberg que hace pleno uso del nuevo lenguaje del “atonalismo libre”. Persisten, ciertamente, lazos con la tradición (como, podría decirse, en toda la obra posterior de Schoenberg): formalmente, este ciclo de tres movimientos interconectados parece evocar el modelo de la sonata clásica, mientras que la escritura instrumental guarda afinidad con el piano de Brahms. Sin embargo, la expresividad extrema, los violentos contrastes de carácter y dinámicas, la atmósfera y lirismo irreales que impregnan estas piezas, las sitúan en relación directa con el contemporáneo movimiento expresionista.

“Morella” (2016) está inspirada en la narración homónima de Edgar A. Poe. Se trata formalmente de una chacona, consistente en 11 variaciones dispuestas simétricamente alrededor de un interludio (nocturno) central. El principio de permanente identidad – idea fija de la protagonista del relato – se traduce en la música mediante la derivación de todo el material (formal, armónico y melódico) de un único elemento, mediante métodos seriales. La obra es, en cierta medida, programática y entremezcla varias referencias a Scriabin, Sorabji, e incluso Chopin.

Dentro del ciclo de sonatas de Alexander Scriabin, la Séptima (1911-12) ocupaba un lugar especial para el compositor – su preferida, a la que dio el sobrenombre de “Misa blanca”. La describió como “el más puro misticismo” y sintió que en ella había alcanzado “la máxima complejidad dentro de la máxima simplicidad”. Una forma casi tradicional de sonata se convierte en vehículo para una de sus creaciones más avanzadas, donde la complejidad de armonía, polifonía y ritmo surge económicamente de materiales sencillos. La música sugiere multitud de efectos – campanas, trompetas, relámpagos y truenos, la ligereza del vuelo, una extática danza final; la partitura abunda en indicaciones poéticas como “sombría majestad”, “placer celestial” y “delirio”; y la obra parece expresar en música las concepciones filosóficas del compositor – el contraste y juego entre los polos de espíritu y materia, lo masculino y lo femenino.

Tristan Murail es uno de los más destacados representantes del “espectralismo” musical. Explica el compositor que así como la mandrágora, según las leyendas, posee poderes mágicos y crece bajo el hombre ahorcado en el patíbulo, “La Mandragore” (1993) musical crece a la sombra del “Gibet” de Ravel, del que retiene cierta atmósfera y color armónico, y las características notas repetidas. Murail describe la obra como “una espiral centrada en varios ostinatos de ritmo, color y timbre; cinco acordes espectrales de apariencia variable giran en los brazos de la espiral”.

Leonid Sabaneev (matemático, compositor, musicólogo, crítico musical, amigo íntimo y biográfo de Scriabin) alcanzó notoriedad por sus escritos musicológicos, pero su propia música ha permanecido prácticamente olvidada hasta hoy, a pesar de su considerable riqueza e interés. Entre sus composiciones para piano la más ambiciosa es su Sonata, op.15, escrita en 1915 y dedicada a la memoria de Scriabin. Es una obra monumental y compleja, en un sólo movimiento, organizada alrededor de un conjunto de motivos generadores sencillos, y exigente desde el punto de vista pianístico. Escribe Sabaneev: “Si fuese posible encontrar un término para definir el rasgo fundamental [de mi obra creativa], el mejor epíteto sería “trágico”. […] Siempre quise que mi música expresase un sentimiento de “más allá de los límites”, para el que no existe nombre […] con predominancia de estados emocionales de devoción sombría y heroica, mi simpatía personal por compositores pasados (Bach, Beethoven y Wagner), […] un anhelo insistente de hacer que la música hable el lenguaje del caos”.

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